viernes, 8 de febrero de 2008

El sacrificio del RUALDO

El sacrificio del RUALDO


Claudio Monge Pereira
Versión Midrásh Hagaddá


Muchos siglos hace, muchos antes inclusive de la intromisión de los españoles en Nuestra Tierra, el RUALDO fue un ave de plumaje sencillo que no llamaba la atención de nadie. No obstante, su canto era el más bello y dulce de toda la selva. Cuando el RUALDO cantaba, todas las aves de los alrededores callaban para no perderse ni siquiera una nota de nuestro Inspirador.

Este pájaro que a simple vista parecía ordinario, al igual que hoy, habitaba en las montañas del Norte de Heredia y su espacio se extendía hasta las faldas del Volcán Poás. Aquellos parajes se extendían hasta los Bajos del Toro y la Laguna de Hule. Ni siquiera el jaguar y el puma que imponían su poder por esos rumbos, se atrevían a interrumpir el canto maravilloso del RUALDO.

Justo muy cerca de ese volcán, se hallaba enclavado en un pequeño y verde llano, un poblado indígena que campeaba feliz y libre en armonía con la naturaleza. En sus alrededores cohabitaban fieras y otras especies animales, todas en justo equilibrio y enriqueciendo la armonía construida por el Padre de todas las criaturas. Los habitantes del poblado utilizaban de la selva lo necesario para vivir sin ofenderla.

Un día se escuchó un retumbo tan poderoso que todas las personas pensaron que el Cielo se caía sobre sus cabezas. Desesperados corrían a guarecerse en sus chozas y debajo de los árboles más grandes y frondosos. Pero como los retumbos no cesaban y el cielo no se desprendía, descubrieron que semejantes ruidos provenían de la cima del cerro más alto; al cual ellos, por un temor natural, jamás ascendían.

Entonces los más ancianos comenzaron a murmurar oraciones día y noche, mientras los jóvenes danzaban durante horas ataviados con su bellos penachos y portando flores y ramas de diferentes arbustos. Las mujeres y los niños no salían de sus chozas pidiéndole a sus Dioses misericordia: lloraban lágrimas de amor hasta anegar la tierra que pisaban para calmar la furia del coloso.

El volcán Poás mientras tanto, escupía fuego, y ríos gelatinosos e incandescentes se deslizaban por sus laderas a paso lento. A su paso todo lo arrasaban, a tal punto que los indígenas temieron que su poblado simplemente fuera arrastrado por la furia que no cesaba ni con los cantos, ni con las danzas, ni con las oraciones…ni con las lágrimas de las mujeres y de los niños. Más bien parecía enfurecerse más cada día que pasaba.

Debido a lo anterior, los sabios ancianos decidieron subir a la cima del coloso para preguntarle qué era necesario hacer para que él se apaciguara, y ellos lo complacerían. El volcán furioso deseaba sangre humana y sin ella no disminuiría su bravura. Con demasiada fuerza arrojaba piedras por los aires, y enormes chorros de vapor y lava, alcanzaban hasta cien metros de altura. Las nubes partieron de ese lugar.

Mientras todo esto sucedía, allá en la última choza del poblado, una doncella muy linda permanecía acurrucada en la oscuridad. Sólo la acompañaba un RUALDO que había nacido en uno de los horcones de su rancho y que muy pronto, fue abandonado por sus padres, de tal manera que fue la doncella quien lo terminó de alimentar hasta que creció y se fortaleció.

Cuando el RUALDO fue grande ya no se quiso alejar de la muchacha: vivía en los alrededores del rancho y devolvía su agradecimiento con bellísimos trinos y gorjeos. Ni siquiera los picudos, las caciquitas, las viudas, los cardenales, las monjitas, los quetzales o los jilgueros podían opacar su bellísimo canto. Su amiga, la doncella indígena, no cambiaba nada de lo que poseía por la felicidad que le daba su amistad.

Había quienes aseguraban que ellos vivían enamorados, el uno para el otro, como la lluvia de las montañas con el musgo que siempre amanecía fresco y terso, como si durante la larga noche y la madrugada, se fundieran en un abrazo poderoso de cuyo fruto se enriquecían la tierra y las rocas y los poderosos troncos de los árboles milenarios y frondosos.

Los ancianos decidieron que la doncella debía ser sacrificada, arrojándose ella misma a las fauces hambrientas del monstruo que se revelaba en el coloso. La llevaron hasta la cima y le pidieron que avanzara lentamente y se lanzara. Ella, temerosa caminaba, y al mirar hacia atrás, veía el resplandor de los cuchillos de obsidiana que portaban los guerreros. Si avanzaba era la muerte, y si retrocedía, también lo era.

De pronto ella se detuvo y miró que entre las nubes rojizas de fuego, humo y polvo, volaba su RUALDO. Burlando las furiosas lenguas de fuego del Volcán Poás cantaba y cantaba sus más bellas y melodiosas notas. El RUALDO se comunicaba con el coloso en el misterioso lenguaje de la Naturaleza. Pedía piedad y misericordia al gigante, ofreciéndole lo más valioso que él poseía: su canto maravilloso…su VOZ.

Era tal la dulzura de su canto que el Poás se enterneció totalmente, y de sus más profundas entrañas, brotaron chorros inmensos de lágrimas; tantas que el cráter se fue llenando hasta formar la inmensa laguna que hoy todos podemos observar. Tantas que su fuego se apaciguó y sólo subían al cielo fumarolas de vapor inofensivas que le daban al entorno ese tibio aliento que hace brotar el amor por las madrugadas.

Luego, ante el religioso y profundo silencio del pueblo, la doncella regresó con el RUALDO posado sobre su hombro. Las tórridas emanaciones de fuego que brotaban del Volcán mientras él cantaba sin cesar, le secaron su voz para siempre. Ahora es mudo. No obstante, el intenso calor doró su plumaje dándole bellísimos colores. Él salió del cráter como un ave esmaltada en el horno preciso de un Joyero Celestial.

El RUALDO es de bellos colores y tonalidades rojas, celestes, verdes y amarillas. Es un príncipe mudo que ofrendó su mayor tesoro para que regresara la paz y la tranquilidad al pueblo de su entrañable amiga; la doncella indígena. RUALDO es como Chico Mendes, o como Jaime Bustamante, o como Chico Zúñiga o como Carmen Lira: ofrendaron lo más preciado – SU VIDA – por la paz y la felicidad del prójimo.

Por eso nosotros fundamos RUALDO…para ser esa VOZ de ESPERANZA por la VIDA, es decir, por la felicidad del Ser Humano y del Planeta que nos ofrendaron.

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